lunes, 13 de abril de 2020

¡Felices Pascuas!

Semana Santa 2021
Miércoles de Ceniza, 17 de febrero
Domingo de Ramos, 28 de marzo

domingo, 12 de abril de 2020

Por Cristo Resucitado, de la esperanza al gozo

Por Víctor Pérez Castro

Acompáñeme, agárrese a mi brazo en este nuevo Domingo de Resurrección, el día que es fin y principio de nuestra Semana Santa, alfa y omega, el del broche de oro a los días santos de la ciudad. Si las predicciones no fallan, el buen tiempo se suma a la fiesta y brilla el sol. Disfrutemos juntos del gran día de la cristiandad.

Caminemos hacia Nueva Andalucía, barrio novel en la antigua fortuna de tener cofradía propia. Allí, ante la Iglesia de Nuestra Señora de Montserrat, nadie duda de que se contarán por cientos los cofrades, curiosos y vecinos a la esperada de ver la salida de la joven hermandad encargada de cerrar nuestra Semana Santa: la de Jesucristo Resucitado, Señor de la Vida, y María Santísima del Triunfo. Ya lo sabe usted: nuevo itinerario, nuevo horario, nuevo paso, nueva imagen titular. ¿Usted también está deseando?

La cita es a las 10, pero la cortesía y la prudencia marcan que es mejor adelantarse que llegar tarde. Y allí, rodeados de tanta gente de bien, esperaremos a que se abra la puerta de la parroquia y se plante en su dintel la cruz de guía de la Hermandad, arbórea y con sudario blanco, acompañada de dos bocinas, como queriendo anunciar lo que viene por detrás, la joya de la corona: los niños y niñas del tramo de guardería que colmarán nuestro gozo con sus túnicas blancas, sus esclavinas albero, sus sonrisas de par en par, sus ojos entrecerrados al asomarse a la calle y sus alegres campanitas que, tintineando, quieren traer la alegría a la mañana pascual, dejando atrás las tinieblas propias de Jueves y Viernes, el silencio atronador del Sábado Santo.

Tras ese bendito tramo, nazarenos de blanco portando sencillas cruces de madera sobre las que apoyarán su cansancio como el cristiano apoya sus quebrantos en la cruz, afrontarán los primeros metros del itinerario bajando la calle Limoneros en dirección a Calzada de Castro. Ya puedo imaginarme una densa nube de sahumerio brotando de dos incensarios, la última de otra Semana Santa. Déjeme contarle que en ese momento todas las miradas se centrarán en la carpa que la hermandad ha tenido que levantar junto a la parroquia para que, desde ella, pueda procesionar aquél al que todos esperamos ansiosos: el Señor de la Vida.

A partir de ese momento, estará usted de acuerdo conmigo, todo se sucederá con la inmediatez con la que pasan los momentos alegres, los más felices de nuestras vidas. Y no sé a usted, pero a mí es la música la que me agita las emociones; y si tuviera que apostar, apostaría por lo acostumbrado: la Agrupación Musical Nuestra Señora del Mar, desde 2008 en el Domingo de Resurrección almeriense, lanzará al mundo los primeros acordes de la litúrgica “Resucitó” y se escucharán cuatro secos golpes de llamador. Qué mensaje tan hermoso el de arrancar la procesión con la misma melodía que se cantó en todo el mundo en la Vigilia Pascual, fiesta entre las fiestas.

No veo ya la hora en que el paso del Señor comience a asomar desde la carpa y vuelva a llegar la primavera a nuestro mundo. La imagen de Jesucristo Resucitado, Señor de la Vida, tallada por el imaginero José María Leal, conocerá al fin los primeros rayos del Sol de Portocarrero, o el de Villalán, qué más da: del sol de Almería, que no querrá perderse su estreno y mirará al Cristo como lo mirarán creyentes desde aceras y balcones. La imagen parecerá verdaderamente cobrar vida al recibir la luz del día, hágame caso: la policromía se encenderá; el cabello labrado en la madera se volverá aún más claro, casi rubio; las potencias refulgirán y la cruz que porta el Señor, dotada también de espejos, será un destello que deslumbre y Cristo, ese Cristo, tenderá su diestra a la ciudad y le sonreirá mientras en su mano izquierda sostendrá su bandera, que no es sino la del triunfo de la resurrección. Igual a usted esto de la sonrisa le suena un poco raro, pero fíjese bien; habrá quien diga que depende de la luz, y debe ser cierto, pero yo creo que depende también de cómo usted le mire a Él.

Cuando salga la cofradía, juguemos a adivinar el brillo especial de los ojos que quieran esconderse tras los antifaces blancos y nazarenos de la resurrección. Menuda espera la suya... Yo quiero creer que también en la salida sonará “Y subió a los cielos”, ese himno de la hermandad. Otros años, al escucharlo tras el Resucitado, me ha pasado que uno ya no sabe si son los músicos los que cargan el paso o son los costaleros los que tocan la marcha o qué prodigio de fusión está percibiendo por sus sentidos, pero siempre termino con la misma certeza: Jesucristo resucita y es el Señor de la Vida, la Semana Santa vuelve a cobrar su sentido en la robusta peana de la esperanza. Llámeme exagerado.

Y hablando de certezas, creo que de algo podemos estar seguros: la cofradía será alegre en la calle, caminará a un ritmo alto, será una corriente imparable de alegría que, este año sí, recorrerá buena parte de la ciudad sin quedar recluída en el casco histórico de la misma, pero al que también se acercará: el núcleo de la fe en el núcleo germinal de la ciudad. Las campanas de los niños irán anunciando lo que muchos vecinos aún desconocen: que este año la Semana Santa se cierra por sus calles. Doctor Gregorio Marañón, Rambla del Obispo Orberá, Javier Sanz; calles amplias por las que la cofradía avanzará sin pausa y por las que cada rayo de luz que roce la imagen del Resucitado será una bendición para los testigos, muchos de los cuales observarán desconcertados lo que ven, ya sabe: todo nuevo.

Pero no se suelte, que hemos de ir también a ver cómo a las 12, si nada falla, iniciará la cruz de guía su recorrido oficial estrenándose por última vez ese nuevo sentido del Paseo mirando al mar. Sentido que  encontrará en esta cofradía a una de sus grandes beneficiadas por el juego de la luz, la que en su punto álgido y de frente impactará contra una imagen del Resucitado que fue concebida para eso mismo: para repartir luz. Los espejos de las potencias y la cruz reflejando el sol contribuirán, estoy seguro, a un conjunto que, de este modo, se verá absolutamente áureo, cargado de divinidad. Tan distinto al aspecto cotidiano en el templo.

Camino del templo principal de la Diócesis, al que acuden las cofradías una tras otra, tampoco querría que nos perdiéramos la forma en que las campanas de la Iglesia de Santo Domingo, casa de nuestra patrona, de nuestra Madre y, por ello, casa nuestra; acompañarán a los más jóvenes cofrades de la jornada en su repicar de alegría. Algo parecido a lo que habrá de ocurrir en la Plaza de la Catedral, bajo palio de palmeras.

En el itinerario de vuelta, si usted lo tiene a bien, disfrutaremos de tres hitos a los que el corazón espera ya con impaciencia: las dos paradas del paso ante las concepcionistas franciscanas en Cervantes y las clarisas en Mariana, y el guiño que la hermandad ha de tener, al pasar por la Iglesia de Santiago, hacia la imagen del Resucitado que tantos años representó la Resurrección de Cristo en Almería. Y seguirán caminando alegres, firmes y decididos en su anuncio de la Resurrección.

A la vuelta, nuevamente en la Plaza de San Juan Pablo II y con un horario previsiblemente poco lucido, querría yo que acompañáramos a estos jóvenes de alma blanca y albero en su ingente misión. Querré despedir, con su compañía y la de no pocos almerienses, el Domingo de Resurrección de cofrades maneras. Querré dejarme llevar una vez más por los acordes musicales, quizás de “Señor de la Vida”, al gozo máximo de la fe en una jornada para la historia y los anales de la Semana Santa de Almería.

Lo dijo el pregonero...

«…Sólo la tremenda música del gemido, el brillo de las estrellas rotas de un manantial de lágrimas, y nuestra razón confusa, y nuestro corazón que acepta estremecido por la fe, y la certeza de que se inicia un gozo infinito, un anuncio de auroras, porque tras las esquinas de la noche volverá Cristo, vencedor de la Muerte. Detrás de la lágrima, de un trasfondo de nubes vencidas, estará la sonrisa de Cristo, como un sol alcanzable por los caminos del amor»
Julio Alfredo Egea Reche
Pregón de Semana Santa 1990

Lo recitó el poeta...

El Domingo de Ramos,
podéis robarme verdes y amarillos.

El Lunes Santo, 
enclaustrarme a la sombra de mutismos. 

El Martes Santo,
hacerme de los miedos su cautivo.

El Miércoles Santo,
condenarme la vida a sacrificios.

El Jueves Santo,
dejarme sin comer pan eucarístico.    

El Viernes Santo,
clavarme con los clavos más indignos.

El Sábado Santo,
enterrarme con Dios hasta el olvido.

Pero no podréis jamás,
al llegar el Domingo
y abrirse la gruta de la muerte,
que resucite con Cristo.
Y lleno de gozo y alegría
vuele de amor con Él al infinito.

Semana Santa Coronaviruscense

Estos versos han sido compuestos ex professo a nuestra llamada por nuestro muy querido amigo el escritor, poeta, dramaturgo y profesor Ramón Molina Navarrete

Alegrémonos todos porque reina para siempre ¡Aleluya!

La Resurrección, hacia 1566 | Luis de Morales | Museo Nacional del Prado
«Vamos, volvamos al Señor. Porque él ha desgarrado, y él nos curará; él nos ha golpeado, y él nos vendará. En dos días nos volverá a la vida y al tercero nos hará resurgir; viviremos en su presencia» (Os 6:1-2)

sábado, 11 de abril de 2020

Somos Servitas

Parecía que no, pero sí. Nadie apostaba por ello hacía tres meses y sin embargo ahí estábamos de nuevo, cruzando el tranco de mármol de la puerta principal de Santiago. Hice como siempre: girar a la izquierda y encaminarme en la más absoluta oscuridad hacia el altar mayor por el lado de la epístola y dejar allí el guion. En un leve susurro escuché mi nombre y al volverme me encontré con la mantilla más guapa del mundo que me ofrecía su mano para renovar nuestra tradición: sentarnos juntos en un banco para esperarla a Ella hasta que quisiera entrar en casa. Tardaría justo lo que siete saetas, siete dolores desgarrados en unas devotas gargantas.

Primera saeta: la profecía de Simeón

¿Cómo te encuentras? Bien, pero me duele la espalda y la mano. ¿Qué tal tú? Emocionada aunque muy cansada. ¿Has visto la cantidad de gente en la calle? Nunca las había visto así. ¿Has rezado? Mucho, por la familia, por nosotros y por los que ya no están. Y qué silencio. Tanto que sobrecogía; ponía la piel de gallina. Pensaba que no íbamos a poder pasar por la calle de las Tiendas del gentío que se agolpaba.

Segunda saeta: la huida a Egipto

La Virgen se acercaba y acariciaba el muro de piedra de Santiago. Recordé entonces los nudos en la garganta cuando se empezó a especular con la suspensión de la Semana Santa. Menos mal que el Gobierno había sido firme y rápido, tomando medidas duras desde que a mediados de enero surgieran los primeros casos. Cierre de fronteras y confinamiento durante casi dos meses habían hecho que el innombrable virus se esfumara de nuestro país y que la casi inexistente Cuaresma diera paso a una triunfal Semana Santa. Y no quitemos mérito al obispo cuando decidió subir al cerro de San Cristóbal rezando el viacruciscon el Cristo del Escucha.

Tercera saeta: la pérdida de Jesús

El calor se estaba haciendo insoportable bajo el antifaz. Qué bonito itinerario el de este año. Se me volvió a erizar la parte de atrás del cuello al recordar llegar a la carrera oficial por la calle Lachambre, tal y como hicieron nuestros hermanos soleanos durante los últimos veinticinco años del siglo XIX. O haber pasado por la estrechez y penumbra de Gutierre de Cárdenas (donde hubo que quitarle las maniguetas al misterio). Qué noche, Soledad, qué noche. Apreté más su mano al rememorar las lágrimas que me caían al arrastrar los pies descalzos por las losas frías de la calle de las Tiendas, viendo en el horizonte a cientos de devotos que habían venido a darle el pésame a Ella por la muerte de su Hjio.

Cuarta saeta: el encuentro con Jesús con la cruz a cuestas

Nuestra Señora de los Dolores ya lloraba su tristeza justo delante de la puerta de su casa. Y recordé a esos ángeles que viven entre nosotros y que la cofradía había visitado la noche más triste del año. Esas religiosas que habían jugado un papel importantísimo en la pasada crisis, extendiendo sus caritativas manos hacia los necesitados de Amor. Esclavas del Santísimo, Siervas de María, Puras Franciscanas, Esclavas de María Inmaculada y madres Clarisas, ninguna había desaprovechado la ocasión de mirar directamente a los ojos a su Madre de los Dolores, desde la puerta, una pequeña ventana o el secretismo de un terrao. La habían mirado y habían hablado con Ella, consolándola.

Quinta saeta: Jesús muere en la cruz

Por lo que había escuchado en el silencio de las aceras, Caridad y Sepulcro habían estado espléndidas. A la primera no la había llegado a ver y eso era señal de que la decisión de última hora de dar la vuelta a la catedral había sido más que acertada para evitar un parón innecesario. Y de la segunda, todavía no me creía que el mismo Viernes de Dolores el obispo accediera al fin al sentido normal y no al contrario. Parecía que nada podía haber salido mejor.

Sexta saeta: María recibe el cuerpo de Jesús

Ya estaba la Soledad casi en el interior de Santiago. Permanecía quieta, en silencio, escuchando la tristeza de su pueblo. Podía ver el manto. Negro y dorado. Como Ella: dolor y luz.; tristeza y esperanza. Me moría por verle el rostro. Tenía que confesarlo: durante la procesión había girado la cara para verla, para saber cómo iba, para conectar nuestras miradas. No se podía hacer, pero qué más daba. María acababa de enterrar a su Hijo. ¿Cómo no iba a mirarla? Me hubiera gustado correr a su lado, cogerla de la mano y ayudarla a volver a casa en esa noche oscura.

Séptima saeta: Jesús es colocado en el sepulcro

Se escuchó el martillo. La última saeta seguía sonando. Poco a poco se fue asomando ante el absoluto silencio de sus siervos, de los servitas, que impávidos le dábamos un último aliento para que pudiera descansar tras una noche tan amarga. El silencio era absoluto en todo el templo. Se cerró la puerta. Abracé con fuerza a mi mantilla y todos los servitas nos unimos en una sola voz, mientras le cantábamos una Salve en acción de gracias por habernos cuidado tanto en estos meses.

Lo dijo el pregonero...

«… Y María regresa, ya es de noche cuando la pesada piedra ha cerrado el sepulcro de Jesús. Ya lleva siete Dolores, siete espadas clavadas en su corazón. Todos se han ido. Allá a lo lejos se divisa una Cruz con sudario, Juan el discípulo amado y los Dolores de la Virgen… La Soledad»

Luis Criado del Águila
Pregón de Semana Santa 1986

Lo recitó el poeta...

    Toda la tierra, estremecida, cabe
bajo la sangre fiel que la levanta,
y sufre en esta herida que quebranta
con siete espadas tu agonía grave.

     La lenta flor de tu mirada sabe,
cuando a los yertos miembros se adelanta,
hacerse hiedra de su triste planta
y erguir los cielos con fervor de ave.

   Bajo la cruz, sin venas que la guarden,
llega hasta ti la savia enaltecida
donde el tiempo remedia sus rigores.

   Y estás, ante los astros que no arden,
pariendo, Virgen, nuestra propia vida
como pariste a Dios, más con dolores.
A la Virgen María al pie de la Cruz
Dionisio Ridruejo Jiménez (1912-1975)

viernes, 10 de abril de 2020

Viernes Santo de aniversario en la antigua y Real Cofradía del Santo Sepulcro


por Emilio Jesús Díaz Pérez, Emir

Ya  es Viernes Santo, cuando apenas hace un rato que un Cristo de tez morena acaba de recogerse en el templo mayor de la ciudad, perdiéndose en por el marco  de la portada renacentista de Juan de Orea. En esta jornada se hace presente el cansancio en nuestros pies y en nuestra espalda, pero la función debe de continuar, no hay tiempo aún para las nostalgias, ni para mirar atrás, ni para pedir menos paso…

Podríamos decir que estamos en la jornada más tranquila de la semana, el público es más selecto, más clásico, e incluso es el día en el que aparecen personas de la comarca del medio Andarax,  habituales a su cita con la Cofradía del Santo Sepulcro.

Real Hermandad que ha estado inmersa en los cultos del 75º Aniversario de la bendición del Santísimo Cristo Yacente y de Nuestra Señora de los Dolores. Ambas Imágenes salidas de la gubia del imaginero del Reino Nazarí, Nicolás Prados López.

Al comienzo de la cuaresma, como es tradicional, se han celebrado los tradicionales via­crucisparroquiales, recorriendo las catorce estaciones la imagen del Cristo Yacente. Hay que recordar que esta iniciativa partió en el año 1946 por el entonces cura párroco de San Pedro y canónigo arcediano de la S.A.I. Catedral, José Mejías Torres. Y que desde entonces, no ha dejado de celebrarse la meditación de las estaciones con la bendita Imagen. Al finalizar el ejercicio el Cristo queda en devoto besapiés.

El pasado 25 de marzo celebró la Real Hermandad la Función Solemne del Aniversario de la bendición de las veneradas imágenes, que fue presidida por el obispo, ayudado por cinco canónigos de la S.A.I. Catedral de la Encarnación, amén del prior del convento de Santo Domingo el Real. El número de canónigos no fue por casualidad, en cada uno se encarnaba las yagas de nuestro Señor. Ayudaron en la santa misa los jóvenes del recién creado cuerpo de acólitos de la hermandad que estrenaron para la ocasión dalmáticas en terciopelo negro con bordado en oro a cargo de taller de Argüello & Quirós. A la Solemne Función acudieron el cabildo de la ciudad en pleno, el presidente y miembros de la corporación provincial, ambas corporaciones ataviadas con el clásico y respetuoso chaqué y bajo mazas. Hubo  también representaciones de las diversas hermandades radicadas en la parroquia, la de la patrona, así como la hermandad hermana de los Nazarenos, y representaciones del resto de cofradías. Por su parte la junta de gobierno de la Agrupación de Hermandades y Cofradías asistió también con el clásico chaqué. La ceremonia estuvo participada por la Coral de la Virgen del Mar, que interpretaron piezas de la Pasión según San Mateo de J.S. Bach. Las imágenes presidieron el altar mayor de San Pedro, más concretamente en el camarín donde se ubica la imagen del Apóstol. La priostía de la hermandad aprovechó para dejarlas expuestas en este lugar para los cultos de regla que se celebraron la semana siguiente. El altar estuvo formado por un centenar de candelabros colocados de forma escalonada, las flores consiguieron, gracias a un injerto rosas de color moradas, ser acordes al tiempo litúrgico. Al término de la función se ofreció una copa de vino español en el patio de la antigua Escuela de Artes y Oficios, hoy museo de Semana Santa. En el mismo se encontraba expuesto el paso de la Urna, así como el manto antiguo de la Virgen de los Dolores de Carmen Góngora. Ambas piezas estaban a la vista de todos por cumplir también setenta y cinco años. Aprovecho para recordar que el viernes anterior la Agrupación de Hermandades y Cofradías celebró su tradicional Viacrucispor las naves del mencionado claustro, con la imagen del Yacente sobre andas, recordando así su pasado monacal.

El Martes de Pasión dio comienzo el tradicional triduo a Nuestra Señora de los Dolores sobre el altar de cultos del 75º aniversario, se cambiaron las flores por unas deliciosas rosa de pitiminí en tono rosa palo y la ropas de la Virgen, ataviada tal como había sido bendecida a la vista de unas antiguas fotografías cedidas por el hermano número 1 de la corporación Maximino Álvarez. En esta ocasión su vestidor Nicolás Alemán optó por vestirla de reina, o Juanmanuelina. Con motivo de la efeméride el triduo estuvo predicado por tres obispos, los sufragáneos de la archidiócesis, el de Jaén, Guadix y Málaga. En la parte musical los cultos estuvieron participados por un cuarteto de cuerda de alumnos del Real Conservatorio, que interpretaron algunas piezas tradicionales y clásicas como La Lacrimosa o la Muerte de Ases, entre otros temas. El Viernes de Pasión, o Dolores, predicó la Función Principal de Instituto el Arzobispo de Granada, acompañado del cabildo en pleno de la Catedral del Almería, los padres de la Orden de Predicadores, Cabildo de la Ciudad y Provincial bajo mazas, así como por la Agrupación de Hermandades y Cofradías, la parte musical corrió a cargo de la coral Virgen del Mar, que interpretó el Requiem de Mozart. El momento emotivo fue el traslado del Señor Yacente, que por cierto está a expensas de la aprobación por el cabildo de hermanos de dedicarlo a una advocación, desde el altar donde se había estado venerando durante todo el día, hasta el paso de la Urna, que estaba situado bajo el coro de San Pedro. Iba portado sobre una parihuela que llevaban sobre sus hombros cuatro hermanos vestidos de librea. El templo permaneció en ese momento totalmente apagado, marcando su camino un río de cirios color tiniebla al son de las notas del Miserere. Cuando el reloj de la parroquia marcó las diez de la noche el Señor era entronizado en su bendita Urna. De igual manera fue traslada Nuestra Señora de los Dolores desde el Altar de cultos a su paso, dispuesto también bajo del coro de la parroquial. Para esta ocasión la Coral Polifónica interpretó el rezo de la corona dolorosa para la bajada del altar de cultos y el Stabat Mater para el posterior traslado entre el mismo río de cirios.

Pero hoy es Viernes Santo, y aunque la hermandad se encuentra bajo una gestora, goza de muy buena salud. Hoy se estrenaran los seis ciriales para el paso del Cristo con diseño Antonio Pimentel y ejecutados en plata de ley y marfil por los talleres de Mejía Ramos, de Sevilla. Posiblemente sea el último año que procesione el actual paso, ya que la hermandad quiere presentar al cabildo de hermanos el proyecto de uno nuevo, también diseñado por Antonio Pimentel. No se pierdan el manto que cubre a Nuestra Señora de los Dolores tras su restauración y pasado a nuevo terciopelo de Lyón por los talleres de Argüello & Quirós. Esta restauración ha coincidido con el centenario de la hechura del manto. La centenaria pieza quedará expuesta en un hermosa armario acristalado realizado ex profeso y ubicado en el salón noble de la parroquia de San Pedro.
            
          La cofradía pondrá la Cruz de Guía en la calle Ricardos a las seis de la tarde, tras la Santa Cruz, un notable número de nazarenos con túnica de cola y cirio color tiniebla al cuadril. Cuando la cofradía se ponga en la calle el sol está todavía “vivo”, hay que decir que el adelanto de hora ha mejorado su contemplación, haciéndolo en gran parte a plena luz del día, pudiendo ser así  admirada por más devotos y sobre todo por personas de edad. No se pierdan su paso por la calle Real y Mariana, la visita a los Monasterios de las Clarisas y las Concepcionistas, las Puras, así como la entrada y salida de la Catedral donde tiene el privilegio de hacer Estación de Penitencia y la llegada al templo de Santo Domingo, Santuario de la Virgen del Mar, donde la Real y Pontificia Hermandad de la Patrona y la comunidad de Padres Dominicos rezarán una estación al paso de la cofradía. Otro estreno ha sido la incorporación de las voces de la Coral Polifónica, que junto a la música de capilla, acompañarán al paso del Santo Sepulcro, embriagándolo de luto, respeto y solemnidad. El palio que cobija a Nuestra Señora de los Dolores ha incrementado su iluminación con unas treintena piezas de candelería, así como los unos candelabros cola. Por último mencionar que a la cofradía acudirá el Obispo junto con los canónigos de coral y los seminaristas revestidos de sotana y roquete. Ayuntamiento y Diputación, ambas corporaciones bajo mazas, la Agrupación de Cofradías en pleno, todos revestido de chaqué, en señal de respeto y luto, así como representaciones de los tres ejércitos. Ostentará la representación del rey Felipe VI el General Jefe de la Brigada de la Legión Rey Alfonso XIII, que irá en la presidencia de la hermandad junto al Hermano Mayor y el director espiritual en su primera salida con la Real Cofradía. 

Mi primer Jueves Santo

 por José María Campos Casquet

            ¡Cuántos años perdidos! Sabía que llevaba años, y espero que quiera Dios sean muchos más, sin conocer el jueves santo, pero es que ayer, jueves santo de 2020, me di cuenta que llevaba los mismos habiéndote perdido y no habiéndome encontrado. 

            Iba a ser la primera vez que no “salía de” y ha sido el primer año que “he sido”. He sido tuyo y Tú has sido mío. Años bajo la trabajadera, años de, cual aprendiz de timonel, guiar a una cuadrilla de costaleros, años intentando ser el primer servidor de mis hermanos que visten la clámide morada... y este año tomé mi cruz y te seguí. ¡Qué privilegio más grande contemplarte a cada instante! ¡Cuántas conversaciones, Tú ya sin poder hablarme, pero diciéndomelo todo! Tu cuerpo suspendido, tu cabello recogido acariciándote la espalda y tu cabeza  abandonada sobre tu pecho.

Permitirme que ésta, por una vez, no sea la crónica general de uno de los días de la maravillosa Semana Santa que estamos viviendo en esta cálida primavera, que no sea hablar de los nutridos tramos de nazarenos, de las bellísimas señoras ataviadas de mantilla, del acertadísimo repertorio musical que nuestras Hermandades han escogido mejor que nunca para que sean interpretadas por los cada vez más acreditados músicos cofrades, del casi siempre acertado exorno floral que presentan nuestros pasos ni de las aceras y plazas repletas de almerienses que, este año por fin, demuestran su graduación en cofradilogía, distinguiendo, desde el convencimiento interior, la alegría que acompaña la luminosidad brillante que emana de aquéllas que devocionan la humanidad y cercanía del Hijo de Dios y la Esperanza de su Madre, del silencio respetuoso con el que Almería envuelve a aquéllas que veneran los Dolores de la Santísima Virgen y la Buena Muerte de Cristo como expresión máxima del Amor de Dios Padre. Todas iguales en la Fe de la Resurrección, pero distintas en cómo expresar públicamente el camino hacia ella, y todas obteniendo como mejor recompensa el  aplauso callado que se derrama por las mejillas de quienes han demostrado no ser meros espectadores. 

Qué atrás quedan demostraciones más propias de un carnaval cofrade por fin superado. Aunque hoy no sea momento de todo ello ni, por supuesto, de valorar la nueva carrera oficial, tiempo y personas más autorizadas habrá para ello, sí quiero dar un gracias Almería porque gracias a tí, con las Hermandades y Cofradías a la cabeza, habéis conseguido que ya nadie se acuerde de que nuestra Semana Santa es una fiesta “de interés turístico”, habiéndose obtenido, por fin, el mayor galardón que siempre hemos pretendido los cofrades: ser una manifestación de religiosidad “de interés”, sin más, pero sin menos, de interés, de mucho interés para Almería y sus gentes, porque ser cofrade es mucho más que ser semanasantero y ser cofradía mucho más que una peña o club cultural de amigos. Las hermandades, después de años buscándose a sí mismas, se han encontrado, y eso ha quedado evidenciado en estos días transcurridos de esta Semana Santa de 2020, comprendiendo que no pueden desfilar sino hacer estación de penitencia y no pueden hacer estación sin oración siendo por primera vez los protagonistas, las propias cofradías, por medio de la Agrupación, quienes han organizado y gestionado la carrera oficial contando, para ello, con la colaboración y generosidad del Ayuntamiento y de nuestro Prelado. Gracias a esta necesaria metamorfosis, trabajada desde lejos por las hermandades, éstas han sido reconocidas por una ciudad que las ha hecho suyas, porque ellas también han demostrado con razones y con hechos la capacidad de ser y estar por y para la ciudad. 

Pasado ya el retranqueo de la justificación, ésta es la crónica intimista del  Jueves Santo en que, al fin por primera vez, tomé mi cruz y le seguí, sin verle de frente, pero sintiéndole presente en cada paso que dábamos y en cada persona que lo contemplaba. 

La crónica me váis a permitir que la comience en las vísperas, porque no se puede comprender la función principal sin haber vivido el quinario de preparación. Y ahí es donde me adentro, en la ya casi olvidada cuaresma –para el recuerdo ese multitudinario Via Crucis general que Él presidió- que acababa cuando, llegado el sábado de Pasión, en la intimidad del hogar, se abría el armario donde dormía su sueño anual un hábito nazareno. Como cada año, la mañana del último de los cuarenta días previos me reconfortaba la visión del cinturón de esparto y de ese hábito morado de interminable cola, mientras, delicadamente, como si de un rito extraño se tratara, le devolvía su ansiada libertad. Plancharlo y colgarlo de alguna puerta no hace más que impacientar la mirada casi infantil de quien no ve ya el momento de vestirlo, de proclamar su condición de cofrade y de conformar el pueblo nazareno que, alzando entre sus manos la luz de Cristo hecha cirio o llevando al hombro su cruz tras El, conjuga la pena del morado de su hábito con la alegría de su muerte redentora. 

Pocos días, pero interminables, hasta que, siguiendo una liturgia no escrita, el hermano, negándose a sí mismo y ocultándose desde ya al mundo, es ayudado por otro a cubrirse con la cola de su hábito, aquélla que todo el año va cargando de su condición humana, y a ceñirse el esparto a su cintura, para, acompañado de su familia, también hermanos de la corporación, cubiertos y en silencio, dirigirnos, después de varios años sin poder hacerlo, a participar de los Santos Oficios. Qué sensaciones más hondas las de ver a las 5 de la tarde cómo las calles que confluyen en San Juan eran ríos morados de hermanos, cómo se descubrían al traspasar el dintel de la puerta y cómo la Iglesia se quedaba pequeña para acoger a tantos cuantos participamos de la Cena del Señor. 

Cómo no comprender, cuando el morado llenó de color el camino más corto que enlaza la Almedina con la Iglesia de la Inmaculada Concepción, donde reposa el Obispo Orberá, que morado no es sólo el color de un hábito. Que morado es Angustias: un corazón traspasado y entregado después de llevar en nuestro interior el Sagrado alimento del Cuerpo de Aquél al que íbamos a acompañar un par de horas más tarde. Qué ejemplo de compartir el Amor fraterno: Yo le acompañé, pero él y Él venían conmigo.

Con mi cruz siguiéndole, como anónimo penitente, he podido acompañar esa Cruz que roza fachadas y balcones donde manos anónimas esperaban su llegada para poder tocar, siquiera por un instante, esos brazos que se abren de norte a sur, de este a oeste; he visto subirse a ella a Nicodemo y a José de Arimatea; he visto cómo los cirios del último tramo copiaban a Cristo, pintándolo en las paredes, besando la cal del muro; he visto cómo sus brazos medían la estrechez de la calle y se metían los balcones y abrían paso los doseles, que trae los brazos abiertos y Cristo pasar no puede. He comprobado cómo nuestras calles están hechas para que Cristo y su Madre las anden, para que Cristo y su Madre las llenen, para que Cristo viva y se muera en ellas, no un día, sino cada día. He visto y creído que la Buena Muerte es la Esperanza que nos da la mano cuando nos vemos solos sin nadie en quien apoyarnos, la que nos levanta del pasillo frío cuando la enfermedad te arrastra destrozado, la que sirve el caldo caliente en la noche del desamparo, la que dibuja la sonrisa la tarde de Reyes Magos, la que enciende el fuego apagado, la que calienta y alienta la noche con su mirada, la que nos llama para que le contemos lo que nos está pasando, la que quiere que seamos sus manos más allá de las suyas, la que calla y te atiende, te oye y te escucha y te devuelve su abrazo. 

Y he sentido que mi Alma eres Tú… y en mi alma, Buena Muerte, está tu nombre proclamando que Cristo Resucitado vive. Vida que mata, muerte que da vida. Tomé mi cruz y te seguí. Jueves Santo de 2020: mi primer Jueves Santo.

Lo dijo el pregonero...

«… Jesús ha expirado en el madero. El dolor de su muerte no puede estar reflejado en ningún lugar mejor que en el rostro de la madre que le dio la vida. La imagen de la Soledad es la de la madre que ha perdido parte de su ser y vaga por la calles de la ciudad con el corazón atravesado por la ausencia. Por su rostro compungido resbalan lágrimas que piden el silencio, sólo roto por los ayes lastimeros de las saetas que desgarran la noche en que el soldado ha atravesado el costado del Señor»

Alfredo Martínez Almécija
Pregón de Semana Santa 1999

Lo recitó el poeta...

Casi en las manos sosteniendo el brío,
desprendido y yacente el cuerpo santo
deshabitado está, ¡no alzad el llanto!
Ya tiene luz la rosa y gozo el río.

La muerte confirmó su señorío
sobre la carne del Señor, y en tanto,
si es sombra sana su mortal quebranto,
ya está el tiempo parado, Cristo mío;


ya está el tiempo en el mar y está cumplida
la noche en la mirada redentora
que vió la luz mirando el firmamento.

¡Y volverá el pecado con la vida,
y clavada en la cruz está la Aurora
ya inútil el abrazo y leve al viento!

A Jesucristo nuestro Señor muerto en la cruz para salvarnos   
Luis Rosales Camacho (1910-1992)

jueves, 9 de abril de 2020

Jueves Santo y madrugada en la Pasión del Señor

por Miguel Francisco Sagredo Jiménez
presbitero
La Cena

Jesús después de despedir a Judas en el Cenáculo les dio el Mandato del amor; predijo las negaciones de Pedro; consoló a sus discípulos; expuso la alegoría de la vid y los sarmientos; les anunció el odio del mundo y el triunfo sobre el mundo y la venida del Espíritu Santo: rogó por ellos, por la Iglesia.
La miseria humana no tiene fin ni cuenta. En una noche de tantas maravillas sale otra vez en el lavatorio la discusión entre los apóstoles sobre quien será el primero ¡Qué inconsciencia en los apóstoles y qué paciencia en Jesús! 
Jesús lava los pies hasta Judas. Después de esto, ¿podrá presentarse caso alguno humano que no esté comprendido en esta lección del Maestro?
En la hora del más grande amor Jesús no encuentra para dejarnos nada más grande que la humillación.
Jesús quiere irse y quedarse y halla este modo. “Toma el pan...y el vino…”
Este es el compendio y memorial de la pasión y muerte de Jesús, dado antes de la misma pasión, como si Jesús quisiera ofrecer por sí mismo el sacrificio que después habrán de ofrecer los verdugos, para que conociéramos que el verdadero ejecutor es el amor: Amor sacerdos inmolat. Y porque todo es amor, se nos da en un convite, como manjar y bebida.
¡Qué pórtico tan divino tiene la sagrada pasión! Todo es amor.

La agonía del Huerto

Al entrar en el huerto Jesús se vuelve a sus apóstoles para recomendarles vigilancia y oración. Los tres predilectos que le vieron en el Tabor, lo ven ahora por tierra... lucha… y suda sangre. Oye un clamor violento… Son todos los pecados.
Jesús nos enseña en el Huerto: vigilar, no confiar en los hombres, orar, fiar sólo en Dios. 
Es frecuente en la aflicción buscar alivio a nuestras penas e impacientarse. Qué necesario entonces es vigilar. Velar sobre nuestro mal humor, sobre nuestra lengua, sobre nuestro corazón para no caer en la aversión o el resentimiento…
Jesús deja que sólo tres le acompañe. ¿A qué comunicar a tantas personas mis dolores? Después de un consuelo artificial se acrecienta el desconsuelo y el remordimiento. Es más ventajoso sufrir en silencio. Una vez que se sufre en silencio es fuente de muchas gracias.
Además a los demás les molesta que vayamos a contarles nuestras penas. Los apóstoles no consolaron a Jesús.
Jesús se dirige a su Padre. Sólo Él puede darnos la paz. Con qué humildad ora: Pater mi, Abba, Pater. Dios es mi Padre. ¡Qué fuerza cobró Jesús en la oración! Los apóstoles huyeron porque no oraron.

El Cristo de la Escucha

Aquí me detengo porque aquí venía como dirían los clásicos porque la Cruz será mañana Viernes Santo.
Aquí me detengo y me transporto a mi niñez. Oigo a mi madre decir que mi abuela se ha ido con unas vecinas “a velar el Santísimo” y que estará toda la noche. Y que vendrán después del viacrucisdel Cristo de la Escucha.

            Medio en serio medio en broma estas palabras siempre estuvieron en mi mente cuando llegaba el Jueves Santo. Yo mismo comencé a probar esta aventura misteriosa en la juventud. 

Las sensaciones y emociones de las madrugadas del Cristo de la Escucha son imborrables. Yo, como joven, hubiera querido quizá más bulla a las 5 de la mañana pero ahí quedó. 

Y cuando pasan los años y sobre todo cuando el alma está serena aparecen los sentimientos. No ya las sensaciones y emociones que son buenas pero más nobles aún son los sentimientos que sólo aparecen cuando hay paz interior. Aparece el amor que no se confunde con la atracción  o el deseo, aparece el gozo que no se confunde con el placer, la alegría con la euforia, la compasión con la condescendencia, la bondad con la sumisión.

Y aquello que viví fue siembra de esta cosecha. El madrugón, el frio, el silencio, el río de gentes,  los cantos y las reflexiones por un megáfono de una voz un poco ronca y acento roquetero podemos vivirlo esta noche. Es nuestra particular madrugá. No te la pierdas.

 Que te penetren las sensaciones y emociones y si consigues la paz interior brotarán de ti los sentimientos: el amor, la felicidad, la compasión, el gozo, la generosidad …. y serás más sencillo. La inteligencia y la sencillez son una misma cosa. Y nos libera del impulso de competir y de luchar con los demás.

Cuanto menos se compite, más se aclaran las ideas y más profundamente se comprenden la vida y la realidad. Se aprende a colaborar, a buscar el bien común.
Cuando se vive de este modo, la alegría, la bondad, el amor y la inteligencia surgen como una misma cosa inseparable. Y la vida tiene otro calor y sabor y cobra un sentido por completo diferente.

No quiero terminar sin animaros también a que os acerquéis a san Agustín porque de allí sale hoy mi otro gran amor: “la palomita de san Agustín”. Mi Virgen del Consuelo. Los primeros amores no se olvidan. Tampoco mi Cristo de la Caridad. Caridad y Consuelo. En la cabecera y a los pies de mi cama.

Madrugá de Viernes Santo: Cristo de la Escucha. Cristo en la Cruz del Calvario. Cruz y Calvario son las dos palabras más trágicas que se han oído en el mundo… No es el lugar, ni el instrumento de suplicio lo que les da ese sentido profundísimo, sino la Víctima allí inmolada. Su sacrificio es permanente pues Jesús es de ayer y de hoy… Su tragedia es la más humana y la más divina…

¿No lo sientes?


Un Jueves Santo más reluce el sol cuando amanece. A través de las vidrieras de la iglesia de San Agustín la luz hace resplandecer el interior de un templo que custodia los pasos presididos por el Señor de la Redención y María Santísima del Consuelo. Por la mañana, sus rincones son testigos de sonrisas e ilusión por lo que está por llegar. El trasiego de cofrades no cesa, llegan del barrio y también desde otros lugares lo hacen aquellos que ya no viven allí donde se criaron, llegan también los que traen una rosa blanca a modo de presente, tan pura y cargada de simbolismo, que sella nuevamente un vínculo forjado y pulido a través del tiempo. ¿No lo sientes, amigo?
La tarde avanza, el templo no se queda vacío, comienza el Triduo Pascual. Cuando terminan los Oficios, un último ritual va repitiéndose en cada hogar: el nazareno viste su túnica, esa a la que tantas miradas ha dedicado desde que planchó y colocó en una percha bien visible, la mantilla se coloca el luctuoso velo que heredó de su madre o abuela y el costalero se ciñe la faja y enrolla un costal que sostiene tanta devoción como sacrificio. Todos se preparan, todos saben cual su lugar, todos sienten lo mismo manifestándolo de diferente modo y llega el momento en que juntos se hacen Silencio. Es entonces cuando el gran portón chirría como un grito desgarrado y sale la Cruz de Guía como preludio de lo sagrado. ¿No lo sientes, cofrade?
El barrio arropa a la cofradía que avanza paso a paso. Un río de luz inunda el camino recorrido, luz de los cirios y luz de fe. Los capirotes blancos se atisban desde la lejanía, las primeras cuentas del rosario empiezan a deslizarse entre los dedos y se oye una sinfonía acompañada de un susurro sordo, firme y acompasado. El río parece tornarse torrente cuando llega al Paseo, el tiempo pasa pero la contención continúa, es la penitencia hecha Silencio. La catedral abre sus puertas como brazos que se extienden hacia su pueblo, una oración se oye en la noche. La gente contempla abrumada al Redentor descendido y el llanto de María que reparte consuelo. De nuevo la estrechura marca el camino que tiene ahora una suave pendiente, como si del mismísimo ascenso al monte Calvario que hiciese Jesús se tratase. ¿No lo sientes, nazareno?
El camino se acerca a su fin, pero este aún no será cuando se cierren las puertas del tempo, todavía no. El murmullo exterior contrasta entonces con el silencio que sigue imperando dentro. Todavía restan algunos instantes cargados de emoción apenas contenida entre los allí congregados. El silencio lo sigue impregnando todo, solo algún sollozo se permite atravesarlo y las miradas se empiezan a cruzar cómplices. Son los últimos minutos de reflexión y oración ante Ellos, Redención y Consuelo. Se da por finalizada, ahora sí, la Estación de Penitencia. Se rompe la calma y termina todo, pero todo termina sabiéndose que acaba ya de volver a empezar. ¿No lo sientes, hermano?.

Lo dijo el pregonero...

«… Te aferraste a Él sin poder soltarle, agarrada a Él, como un náufrago se aferra al último madero que queda del barco hundido. Le abrazaste; un abrazo hondo, tanto tiempo ansiado; un beso fuerte, unidos los dos rostros; teñidas tus mejillas con su sangre, limpiándole el rostro con tus lágrimas»
José María Campos Casquet
Pregón de Semana Santa 2005